Judith es una obra completa, con un texto dramático complejo, que logra serle fiel a la historia sin ser portador de una valoración moral de los comportamientos de los individuos. Un espectáculo que merece ser visto, hoy en particular y siempre.
Ficha técnico artística
Domingos 18 hs en Tadrón Teatro – Niceto Vega 4802
Entradas: $80
“La memoria nunca esta protegida”, dice Judith, la protagonista de esta historia. De ser así, esto implicaría que hay acontecimientos que se repiten en nuestra mente, cosas que no podemos olvidar y que reaparecen más allá de nuestra voluntad como una evocación subconsciente. Judith vive sin poder olvidar quién fue y no quiere hacerlo. La reafirmación de su pasado le permite tener cierto hilo de esperanza en el presente y en futuro. Ella fue una militante con ideales, que luchaba con la convicción de poder cambiar la historia pero se enfrentó a lo peor de esos años oscuros de nuestro país. Fue secuestrada, torturada y –casi milagrosamente- recuperó su libertad. 20 años después se encuentra cara a cara con el terror: su secuestrador, pero también quien hizo posible su liberación, de alguna manera “quien le devolvió la vida”.

Judith es una obra completa, sin fisuras en tanto el texto dramático resulta complejo, fiel a la historia sin ser portador de una valoración moral de los comportamientos de los individuos, haciéndose eco de los discursos preponderantes en torno a la última dictadura militar –incluso aquellos exógenos al sentido común- no para enjuiciarlos sino sólo para exhibirlos y dejar que sean los propios espectadores quienes saquen sus propias conclusiones. Este en un gran merito de Jorge Palant, autor de la obra, ya que expone y deja fluir la historia sin panfletos, sin forzar una visión del mundo. Por esta razón es doblemente rico. La verdad está ahí, en esas micro-historias tan duras, tan difíciles de superar, con tantas aristas.
Todo esto es posible contar en tanto la historia se apoya en buenas interpretaciones. Susana Gomez Lauría (Melisa) encarna con precisión esa mujer protectora, que desea fervorosamente salvaguardar la vida de Judith. A su vez es la narradora que brillantemente nos introduce en la historia de un cuadro muy representativo para la protagonista porque traza un paralelismo con su propia vida. La pintura retrata dos mujeres. La que camina adelante sostiene en la mano una espada, la que camina detrás, agita al aire la cabeza de un hombre guerrero al cual sedujo para después poder matarlo. Judith es interpretada por Alejandra Colunga que logra con el transcurrir de la historia altos niveles de dramaticidad potenciados por una voz fuerte que esgrime cada palabra con la rigidez necesaria para convencer al público. Por su parte, Daniel Dibiase es Aranda en una contundente interpretación, ajustada a los requerimientos de un personaje que se nueve con total impunidad y con un grado de sarcasmo que eriza la piel.
Estas pequeñas historias individuales narradas con belleza poética y precisión histórica nos permite hablar de una historia colectiva presente, que reflexionamos a diario y que pregonamos no repetir. Por esta razón, Judith es un espectáculo que merece ser visto, hoy en particular y siempre.